martes, 30 de julio de 2013

V.S.: Niños de la tumba // Children of the grave (20)

Hola de nuevo, bienvenidos a mi humilde morada bloguera.
Desde que volví de vacaciones he estado ocupadísimo, algo raro en verano, pero así es, así que no he podido dedicarle mucho tiempo a la traducción y edición de mi relato, por no hablar de la escritura. Desde que terminé con NIÑOS DE LA TUMBA, he escrito bastante poco, aunque por otra parte he hablado con mis amigos escritores y eso me ha servido de mucha ayuda, y he aprendido un montón. ¡Gracias, tíos!
Así que os traigo otro episodio, y estamos ya en el climax dramático del relato. Queda muy poco para el esperado desenlace de este relato, así como el epílogo... En fin, no adelantemos acontecimientos, ¡disfrutad del relato!

Hi again, welcome to my humble blog site.
Since I've came back from vacation, I've been very busy, something unusual in Summer, but that's the way it is. So I've not been able to spend much time doing translation and edition of my story, and not to talk about writing new studd. Since I've finished CHILDREN OF THE GRAVE, I've written very little stuff. Although I've had chatter with my fellow writer friends and that was really helpful, and I've learned a lot. Thanks, guys!
So, now I bring you a new episode, and now we are in the dramatic climax of the story. There's less now for the awaited ending of this story, and the epilogue... Well, let's not look too forward. Enjoy the story!

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            Monique y Jackie consiguieron alejarse de la marea humana que les arrastraba, y se dirigieron hacia el coche de Monique.
            -¿Sabes a dónde ha ido Lobo? – preguntó Monique.
            Jackie negó con la cabeza. Monique hizo un gesto de contrariedad y se puso a pensar a toda máquina.
            -De acuerdo… Nos dividiremos para buscarle. Esté donde esté, estará persiguiendo al objetivo, así que tú ve al oeste de la ciudad; yo iré al centro.
            -¿Por qué al oeste? – quiso saber Jackie.
            -Es la zona de la ciudad con menos iglesias; los vampiros tienden a huir hacia allí. Seguramente vayan por los tejados, así que en la medida de lo posible mira hacia arriba. Coge el coche de Winston, yo iré en el mío.
            -¿Con qué llaves? Wolff se las habrá llevado…
            -Lobo está en forma animal hoy, su cuerpo ocupa el doble de volumen que normalmente, así que ha tenido que vaciarse los bolsillos. Las llaves deben estar en la guantera, o en su defecto en el contacto. Ahora, ¡mueve ese culo canadiense y ve a por el coche!
            Jackie asintió. Monique se dirigió hacia su coche, y Jackie fue a por el Land Rover, que se hallaba aparcado al otro lado del recinto. Miró por la ventanilla hacia el interior, y vio que efectivamente las llaves del coche estaban en la guantera, que estaba abierta.
            Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada.
            -Mierda, condenado cierre automático de los…
            No tenía sentido avisar a Monique, que seguramente a esas alturas se encontraría de camino hacia el centro de la ciudad. De modo que no se lo pensó dos veces: haciendo uso de su fuerza vampírica, lanzó un puñetazo a la ventanilla, que se rompió en mil pedazos, haciendo saltar al instante la alarma antirrobo, que rasgó por la mitad el silencio de la noche.
            Jackie reprimió como pudo un grito de dolor, y contrajo el rostro en una mueca mientras reprimía todo tipo de juramentos y exclamaciones obscenas que el dolor de su mano motivaba. Aun aguantando, Jackie quitó el pestillo, abrió la puerta, barrió hacia fuera con el brazo los pedacitos de cristal que habían caído sobre el asiento, desconectó la alarma y procedió a hacerse un vendaje improvisado con su pañuelo. Tras sacudir la alfombrilla para quitar el resto de cristales rotos, y jurándose mentalmente que le pagaría con intereses la reparación a Wolff, Jackie arrancó el motor.
            Comenzaba la caza del vampiro.

            Carl Hudson colgó el teléfono tras una exasperante llamada a Emergencias. Necesitaban ayuda médica y la intervención de la Policía para investigar el asesinato de David Peck, pero debido a la incompetencia de la telefonista de Emergencias sólo consiguió que le enviaran una ambulancia, que ya estaba de camino.
            -Para esto pago yo mis impuestos, maldita sea… – se quejó Hudson.
            Starla seguía en shock. Hudson volvió a su lado, tratando de hacer que se calmara un poco. Ambos estaban agotados y confusos tras todo lo ocurrido, pero tenían que mantener la cabeza fría como pudieran.
            -Cielo… cielo, por favor, relájate – dijo Hudson –. Ahora mismo llamaremos a la Policía y ellos atraparán al asesino, ¿eh?
            -No hace falta – dijo una voz a sus espaldas.
            Hudson se volvió. Tras él había un hombre vestido de traje, con un maletín en la mano y una espeluznante sonrisa de tiburón de Wall Street.
            -Mi nombre es Wentworth Smith, aunque se me conoce bajo el nombre de Wordsmith – dijo el desconocido –. Soy abogado. Y le digo que no le conviene llamar a la Policía. Traerá muchos problemas que mejor que no cause.
            Hudson miró, perplejo, al desconocido.
            -Mi representado es muy poderoso. Es el mismo Diablo, se podría decir. Pero hoy he venido aquí por libre.
            -¿Qué…? – balbuceó Hudson.
            -Por favor, no me interrumpa, doctor Hudson – dijo el desconocido –. Sepa usted que su hija, el doctor Peck, la pequeña Abigail Harris y usted mismo son pequeñas piezas de un enorme rompecabezas. Pero no entraré en detalles; ni yo tengo tiempo para explicarlos, ni usted tiene la capacidad de entenderlos. Demonios, dudo que siquiera se los crea, ¿me equivoco?
            Hudson estaba tan confuso que no pudo ni siquiera negar con la cabeza.
            -Para ahorrar tiempo, sepa usted que he sido yo quien ha matado al doctor Peck, y a muchos otros para que esta historia llegue a este punto. Maldita sea, incluso me tomé la molestia de colocarle así, por simple efecto dramático. No me mire con esa cara; si supiera por qué lo he hecho me lo agradecería. Pero como ya le he dicho, no voy a perder el tiempo en explicarle los detalles. Sólo sepa que no puedo permitir que haga esa llamada a la Policía.
            El desconocido se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta. Hudson estaba inmovilizado por la rabia, la confusión y el cansancio.
            -Verá, esta historia está escrita con la sangre de mucha gente…
            Un segundo más tarde, una bala de fragmentación atravesaba el cráneo de Carl Hudson, segando su vida al instante, y desparramando su sangre y fragmentos de su privilegiado cerebro por la pared de la biblioteca. Antes de que el cuerpo tocara el suelo, otra bala penetró en la cabeza de Starla, que ni siquiera había tenido tiempo de gritar al presenciar la escena, tiñendo de rojo el fragmento de pared que tenía detrás y abriendo un enorme agujero en su precioso rostro. Los charcos de sangre se expandían muy lentamente, mientras Wordsmith guardaba de nuevo su pistola en el bolsillo de su chaqueta. Dos cabos sueltos menos que atar.
            -…así que, ¿qué importan dos cuerpos más? – completó.

            No habían pasado ni diez minutos cuando Jonathan Sward hizo su aparición en la mansión Versailles con un maletín en la mano. No perdió el tiempo en examinar los cadáveres; cada vez que iba a la mansión Versailles encontraba al menos un par de ellos en distintos puntos del edificio, y además nunca le llamaban por eso.
            Subió directamente a las habitaciones. Abby estaba tirada en el pasillo, despeinada, con el maquillaje corriéndole por la cara como lágrimas negras. Tenía el móvil de Lucille en la mano, y le estaba indicando con gestos que se acercara.
            -¿Qué ha ocurrido? – preguntó Sward.
            -Nos han disparado – dijo Abby –. A mí en la pierna, a Lucille en el estómago.
            -¿Dónde está Lucille?
            Abby no necesitó siquiera señalar la habitación; los gritos de dolor de la propia Lucille le indicaron a Sward la habitación.
            -¿Hace cuánto que os han disparado? – preguntó Sward.
            -¡Y yo qué sé, ayúdela!
            -Niña, necesito saberlo, rápido.
            Abby hizo memoria.
            -Unos veinte minutos, quizá algo más…
            -Entonces no hay tiempo que perder. ¿Se os han quedado las balas dentro?
            -A mí no… A Lucille no lo sé.
            -Mierda… Espera aquí – dijo Sward, poniéndose algo más tenso –. Dios, que no sea muy tarde ya…
            Sward se levantó y se dirigió a la habitación con paso firme. Tenía poco tiempo.
            Lucille estaba tendida sobre la cama. El contacto de las balas de plata con sus entrañas la quemaba; de sus heridas salía un hilo de humo blanco, y entre grito y grito se podía oír el siseo de la carne al quemarse.
            -Lucille… Soy Jonathan, ¿me oyes? Voy a sacarte esas balas…
            Sward abrió su maletín y sacó una botella de agua, gasas y unas pinzas. Tras limpiar las heridas, introdujo las pinzas metálicas en uno de los orificios, y buscó a tientas la bala. Lucille, dolorida y asustada, gritaba sin parar. Tras un par de angustiosos minutos, logró extraerle la bala, y procedió a intentar sacarla otra, alojada en su vientre.
            Sward iba con un cuidado extremo, corriendo contra el reloj. Si tardaba más de la cuenta, llegaría un momento en el que Lucille no pudiera soportar más tiempo el contacto de la bala, y su carne prendería fuego. Solía pasar al cabo de una media hora.
            Abby miraba desde la puerta, impotente, cómo el médico trabajaba para extraerle las balas a Lucille. Ella ya había dejado de gritar, ya que estaba tan agotada que sólo tenía fuerzas para llorar.
            -La tengo – anunció Sward.
            Comenzó a sacar la bala muy despacio. Seguía recordando que el tiempo jugaba en su contra, pero si actuaba más deprisa de la cuenta podía perder la bala, y entonces las cosas sí que se complicarían…
            De pronto, la herida comenzó a arder, sobresaltando a Sward. Abby lanzó un grito de sorpresa; Lucille, uno de dolor.
            Sward no se lo pensó dos veces y sacó la bala de un tirón, antes de vaciar la botella de agua en la herida, extinguiendo el fuego.

            La había salvado.

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            Monique and Jackie managed to get away from the human avalanche that dragged them, and went toward Monique’s car.
            “Do ya know where did Wolf go?” Monique asked.
            Jackie shook his head no. Monique frowned and started to think fast.
            “OK, we’ll separate to look for him. Wherever he is, he’s chasin’ the target, so you go to the west side and I’ll head downtown”
            “Why the west side?” Jackie wanted to know.
            “It’s the part of the city with fewer churches; vampires tend to run that way. They’re probably runnin’ on top of the roofs, so look upwards as much as you can. Take Winston’s car, I’ll take mine”
            “With which keys? Wolff must have taken them…”
            “Wolf’s on werewolf form tonight, his body is twice the size than normally, so he had to empty his pockets. His keys must be either in the glove compartment, or in the contact. Now move your Canadian ass and go get the car!”
            Jackie nodded. Monique got her car and Jackie went toward the Land Rover, which was parked on the other side of the building. He looked inside through the window, and indeed he saw the keys in the glove compartment, which was open.
            He tried to open the door, but it was locked.
            “Damn, fucking automatic lock…”
            It made no sense to warn Monique, who would probably be heading downtown by then. So he didn’t think twice: using his vampiric strength, he threw a punch to the window, breaking it into pieces and triggering the alarm, which tore away the silence of the night.
            Jackie repressed a scream of pain as best as he could, and instead made a face of pain while repressing every kind of curses and rude exclamations motivated by the pain in his hand. Still getting a grip on himself, he unlocked the door, opened it, and cleared away the little pieces of window that fell onto the seat, disconnected the alarm and made himself an improvised bandage with his handkerchief. After clearing away the pieces of glass from the floor of the car, and swearing to himself that he would pay the repairing with a plus, Jackie turned on the car.
            The hunt for the vampire had started.

            Carl Hudson hung up his cell phone after an exhausting call to 911. They needed medical help and the intervention of the Police to investigate David Peck’s murder, but due to the incompetent phone attendant in the Emergency office, he only managed to get an ambulance, which was already on the way.
            “I pay my taxes for this, Goddammit…” Hudson complained.
            Starla was still in shock. Hudson returned to her side, trying to calm her down. They were both tired and confused after all the events, but they had to keep calm as best as they could.
            “Honey… Honey, calm down, please”, Hudson said. “Now we’ll call the Police and they’ll catch the killer, alright?”
            “There’s no need to”, a voice behind them said.
            Hudson turned around. Behind him was a man dressed in a suit, with a briefcase in his hand and a creepy Wall Street shark smile.
            “My name is Wentworth Smith, but I’m better known under the name of Wordsmith”, the stranger said. “I’m a lawyer. And I’m telling you, there’s no use in calling the Police. It’ll bring trouble, and you’d better not cause trouble”
            Hudson stared at the stranger, perplexed.
            “My client is a very powerful fellow. He’s the Devil himself, you could say. But I’m here on my own tonight”
            “Wha…?” Hudson mumbled.
            “Please, Doctor Hudson, don’t interrupt me”, the stranger said. “I want you to know that your daughter, Doctor Peck, little Abigail Harris and yourself are just tiny pieces in a huge puzzle. But I won’t get to the details; I don’t have the time to explain, and you don’t have the ability to understand. Heck, I’d bet you won’t even believe a word, am I right?”
            Hudson was so confused he couldn’t even shake his head no.
            “Long story short, I want you to know that I killed Doctor Peck, and a lot more people to bring the story to this very point. Heck, I even placed him there like that, just for dramatic purpose! Oh, don’t look at me like that; if you knew why I did this, you’d thank me. But, as I said earlier, I’m not going to waste my time in explaining the details to you. Just keep in mind I can’t let you call the Police”
            The stranger drove his hand into the pocket of his jacket. Hudson was paralyzed by rage, confusion and tiredness.
            “You see, this story’s written with the blood of many people…”
            A second later, an expanding bullet blasted through Carl Hudson’s skull, instantly killing him and splattering his blood and little pieces of his privileged brain all over the library wall. Before the body hit the floor, another bullet entered Starla’s head, not giving her even the time to scream at the sight, painting the wall behind her red and opening a big hole in her pretty face. The pools of blood expanded slowly, while Wordsmith kept his gun back in the pocket of his jacket. Two loose ends less to tie.
            “…so, two more corpses, what’s the matter?” he finished.

            Not ten minutes had passed when Jonathan Sward entered the Versailles mansion with a briefcase in his hand. He didn’t waste any time in looking at the bodies; every time he went to Versailles mansion he found at least a couple of them in different points of the building. Also, he was never called for that.
            He went straight to the rooms. Abby was collapsed on the floor, her hair uncombed, her makeup running down her face like black tears. She had Lucille’s cell phone in her hand, and she was telling him to come closer.
            “What happened?” Sward asked.
            “We were shot”, Abby said. “I was shot in the leg, Lucille in the belly”
            “Where’s Lucille?”
            Abby didn’t even have to tell him the room. Lucille’s screams of agony pointed out which room it was.
            “How long since you’ve been shot?”
            “I don’t know, help her!”
            “Girl, I need to know, come on!”
            Abby tried to remember.
            “About twenty minutes, maybe more…”
            “Then there’s no time to lose. Did the bullets get stuck inside your bodies?”
            “Not me… Lucille, I don’t know”
            “Shit… Wait here”, Sward said, getting tense. “God, please not too late…”
            Sward got up and went to the room quickly. He had very little time.
            Lucille was lying on the bed. The contact of the silver bullets with her innards burned. A white smoke came out of her wounds, and between screams the sizzle of burning flesh could be heard.
            “Lucille, it’s Jonathan, you hear me? I’m gonna get those bullets out now…”
            Sward opened his briefcase and pulled out a bottle of water, gauzes and forceps. After cleaning the wounds, he entered the metal forceps in one of the holes, and tried to find the bullet. Lucille screamed in pain and fear. After a couple of dramatic minutes, he managed to pull the bullet out, and started to try and get the second one, which was stuck in her lower torso.
            Sward was extremely careful, since he was running out of time. If he ran out of time, there would be a moment in which Lucille wouldn’t be able to handle the contact anymore and her flesh would catch fire. It usually happened after half an hour.
            Abby was looking from the door, powerless, how the doctor worked to pull the bullets out of Lucille’s body. She had stopped screaming, since she was too tired, only strong enough to cry.
            “Got it!” Sward claimed.
            He started to pull the bullet out very slowly. He had in mind that time was running out, but if he hurried too much he could lose the bullet, and then things would get much worse…
            Suddenly, the wound caught fire, surprising Sward. Abby screamed in horror, Lucille screamed in pain.
            Sward didn’t think twice: he pulled the bullet right out in one fast jerk, and emptied the bottle of water on the wound, extinguishing the fire.
            He had saved her.

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