sábado, 25 de mayo de 2013

V.S.: Niños de la tumba // Children of the grave (18)

Siento el retraso en publicar. La carrera está absorbiendo gran parte de mi tiempo.
Este capítulo es muy corto en comparación con otros... Pero lo que viene despues es el climax absoluto del relato, y es MUY largo. Y eso no puedo dividirlo en capítulos, porque perderíais interés.
Entonces, mientras tanto, voy a ofreceros esto, mientras trabajo en la traducción de lo que queda de "Niños de la tumba". Estoy a punto de acabar ya el relato; luego quedará revisarlo y corregirlo.
Espero que lo disfruteis.

Sorry about the delay. My studies are taking most of my time.
This chapter is very short compared to the others... But what comes after this is the total climax of the story, and it's VERY long. And I can't divide that in several chapters, because you'd lose interest.
So, in the meantime, I'm offering you this, while I work in the translation of what's left of "Children of the grave". I'm about to finish the story. Then I'll re-read and correct it.
I hope you like it!

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            Medianoche.
            Las luces se apagaron durante un segundo, y cuando se encendieron otra vez, el Rey Vampiro había aparecido de la nada en la escalera central con una pose triunfal, mientras la masa descerebrada de sus invitados estallaba en vítores y aplausos. El Rey sonrió ampliamente, y se inclinó en una reverencia de gratitud hacia el ganado humano. Y es que Versailles era el único que resultaba medianamente creíble comportándose como un noble.
            El Rey Vampiro descendió por la escalera con la frente alta y sacando pecho, mientras el resto de sus invitados seguía aplaudiendo su sorprendente entrada. Versailles estrechó manos a sus invitados y les dio la bienvenida personalmente, antes de llegar al otro lado de la masa y volverse con gracia hacia ellos, con una sonrisa en los labios y excitación en la mirada.
            -¡Que continúe la fiesta! – gritó.

            Carl Hudson no daba crédito a sus ojos.
            Su corazonada tenía una ínfima posibilidad de ser cierta, pero de algún modo, esa ínfima posibilidad era la correcta. El anfitrión de la fiesta, el hombre que había aparecido mágicamente en la escalera central y saludaba a los asistentes era el mismo hombre que se había hecho pasar por el tío de la niña desaparecida, y probablemente el culpable de su secuestro.
            Tan sorprendido estaba, que no se dio cuenta de que Abby Harris había pasado frente a él.

            Abby estaba harta de la fiesta, de los invitados, de los vestidos góticos, de la vida nocturna, de matar para vivir, de enfrentarse a ideas inconcebibles y de pensar en sus padres.
            Sus padres.
            Edward T. Harris, maestro de matemáticas y física en el instituto al que ella iba. Un hombre cariñoso, inteligente, educado y amable que quería a su hijita por encima de todo. Lissa Harris, su esposa, era una mujer virtuosa y agradable que se desvivía por su única hijita, dejando una prometedora carrera de violinista sinfónica para dedicarse por entero a su educación y que no le faltara de nada.
            Ambos asesinados por el amo de la fiesta.
            Abby recordó la fatídica noche. Pudo ver con claridad cómo el extraño hombre estaba de pie en mitad de la carretera, en una curva, el lugar preciso para que su padre pudiera verle en el último segundo y girar violentamente, haciendo que el coche chocara contra un camión aparcado. Como el trayecto iba a ser corto, los padres no se pusieron el cinturón de seguridad, pero Abby, tan responsable a su corta edad, se lo puso de todas maneras, lo que le salvó la vida. Sus padres se golpearon fuertemente la cabeza con el choque, pero Abby tenía la certeza de que aún vivían… Antes de que el extraño hombre se acercara hacia ellos y les partiera las vértebras de un movimiento rápido. No podía recordar nada más a partir de aquello.
            Un golpe suave le devolvió a la realidad. Había chocado con uno de los invitados por accidente.
            -Disculpe, señorita – se excusó la niña.

            -No pasa nada, nenita – dijo Starla, sonriendo.
            La niña que había tropezado con ella se alejó de allí, y en cuestión de segundos se perdió entre los invitados. Starla se sentía cansada, después de tanta preocupación y angustia. Ni siquiera sabía por qué demonios estaba en esa dichosa fiesta; no esa parte de esa subcultura, y el traje y la gente la incomodaban sobremanera. Suspiró y apoyó la espalda sobre una pared, cerca de una puerta que se encontraba cerrada.
            ¡Clac!
            Starla subió la cabeza, reaccionando instintivamente ante el sonido que acababa de oír, y volvió la mirada en dirección al ruido. El seco golpe metálico provenía de la puerta que había a su derecha.
            Starla se irguió y se acercó lentamente a la puerta, con cautela. El pomo estaba roto. La manija de metal estaba en el suelo, y lo único que sobresalía era el pasador en el que encajaba la pieza. Probablemente eso era lo que había producido el ruido.
            Starla se agachó y cogió la pieza del suelo. La examinó por encima. Si no era de oro, era de metal con pintura dorada. Debía encajar con la pieza metálica que sobresalía de la puerta. Con cautela, intentó encajar de nuevo la manija en el pasador.
            De pronto, Starla se dio cuenta de que esa puerta no había estado abierta en toda la fiesta. Quizá el anfitrión no quería que nadie husmeara ahí dentro, y si la veían hurgando en la puerta, quizá le llamaran la atención y podía meterse en líos…
            Estaba en medio de estas cavilaciones cuando la puerta de la biblioteca se abrió de golpe.

            Carl Hudson estaba acercándose hacia el anfitrión para hacerle hablar. Estaba convencido de que, si no era el culpable, al menos tenía algo que ver en el secuestro de…
            -¿Abby Harris? – se dijo.
            Allí estaba la niña, enfundada en un vestido gótico, paseándose entre los invitados como un fantasma perdido, con una expresión taciturna.
            Hudson no necesitaba más pruebas. Se encaminó hacia ella, abriéndose paso entre los invitados, cuando…
            -¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH!
            La voz de su hija perforó el muro de ruido producido por la fiesta, que desapareció de inmediato cuando los invitados se volvieron hacia el grito. Al pie de la puerta de la biblioteca, Starla Hudson caía víctima de un ataque de pánico.

            Y la puerta estaba abierta.

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            Midnight.
            The lights went out for a second, and when they came back again, the Vampire King had appeared out of nowhere in the main stairway, with a triumphant pose, while the mass of empty-skulled people exploded in a massive applause. The King smiled broadly, and bowed toward the human cattle in gratitude. Versailles was the only one whose noble-like behavior actually seemed believable.
            The Vampire King walked down the stairs, his head held high, while the rest of his guests continued applauding his surprising entrance. Versailles shook hands with his guests, greeting them personally, before reaching the other side of the mass of people and turning back to them, with a smile on his face and an excited glare.
            “Party on!” he shouted.

            Carl Hudson couldn’t believe his eyes.
            His hunch had a very tiny chance of being true, but somehow, that very tiny chance was the right one. The host of the party, the man who had magically appeared in the main stairway and was now greeting the attendants, was the very same man who had pretended to be the uncle of the missing girl, and probably the one who had abducted her.
            He was so surprised that he failed to notice Abigail Harris passing right in front of him.

            Abby was sick and tired of the party, of the guests, of the gothic dresses, of the night life, of killing to live, of facing unconceivable ideas, of thinking of her parents…
            Her parents.
            Edward T. Harris, who was a Math and Physics teacher in her high school. A caring, intelligent, polite and nice man, who loved his little child above all things. Lissa Harris, his wife, was a virtuous, nice woman, who deeply loved her only child, and left a very promising career as a symphonic violinist to dedicate herself entirely to raise her little girl and make her happy.
            Both of them were murdered by the host of the party.
            Abby remembered the fatal night. She could clearly see the strange man standing in the middle of the road, in a turn, just in the exact place for her father to see him in the last second and turn violently, causing the car to crash against a parked truck. Since the ride was supposed to be brief, her parents didn’t fasten their seatbelts, but Abby, as responsible as she was young, clipped hers anyway, which saved her life. Her parents banged their heads hard against the dashboard in the crash, but Abby was sure they still lived… until the strange man got closer to them and snapped their vertebrae with a quick motion. After that, she wasn’t able to remember anything.
            A soft bump took her back into reality. She had bumped into one of the guests by accident.
            “Excuse me, miss”, the little girl said.

            “It’s OK, little one”, Starla said, smiling.
            The girl who had bumped into her walked away and blended into the rest of guests in a matter of seconds. Starla felt tired, after all the worry and anguish she had experienced. She didn’t even know why the hell she was at that goddamn party; she wasn’t part of that subculture, and her dress and those people’s company were incredibly uncomfortable. She sighed and rested her back against a wall, near a closed door.
            Clack!
            Starla tilted her head up, instinctively reacting to the sound she just heard, and she turned towards the sound. The sudden, metallic noise had come from the door she had to her right.
            Starla got up and slowly walked towards the door, carefully. The handle was broken. The metallic handle was on the floor, and the only thing on the place where the handle was supposed to be was a metallic pin. That was probably what made the noise.
            Starla got down and picked the piece from the floor. She looked at it for a moment. If it wasn’t made of gold, it was another metal with golden paint. It’d fit with the metallic pin on the door. Carefully, she tried to put back the handle in the pin.
            Suddenly, Starla realized that the door had been closed all night. Maybe the host of the party didn’t want anybody sneaking inside, and if anybody saw her messing with the door, she could get in trouble…
            It was in the middle of these thoughts when the library doors suddenly swung open.

            Carl Hudson was getting closer to the host, intending to make him talk. He was certain that he had something, if not everything, to do with the kidnapping of…
            “Abby Harris?” he asked.
            There was the child, wearing a gothic dress, walking amongst the guests like a lost ghost, with a taciturn face.
            Hudson needed no further proof. He tried to reach her, making his way across the guests, when…
            “AAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHH!!!!!”
            His daughter’s voice cracked the wall of noise from the party, which immediately disappeared when the guests turned toward the scream. At the doors of the library, Starla Hudson was suffering a panic attack.
            And he door was open.

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