sábado, 6 de abril de 2013

V.S.: Niños de la tumba // Children of the grave (17)

Últimamente estoy MUY liado, por eso las entradas se suceden con tanta lentitud. Lo siento. Este curso es muy duro y tengo mucho trabajo, así como otros proyectos a los que atender, y tengo que recortar tiempo de alguna parte. La traducción se lleva la mayor parte.
Así que... estábamos a tres horas de la fiesta de Versailles. Hace casi dos meses (lo siento otra vez). Bien, ahora es cuando empieza la parte más vertiginosa del acto tercero de la historia... Espero que lo disfrutéis.

Lately I'm VERY busy, that's why I submit new stuff very slowly. Sorry. This year is very hard and I have a lot of work, and also other projects to focus on, and I have to cut time off somewhere. Translation is the part that suffers the most.
So... we were three hours before Versailles' party. Two months ago (sorry again). So, now is when the most thrilling part of the third act comes... I hope you enjoy it!

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            Monique acababa de salir de la sala de autopsias número 4 del depósito de cadáveres, el dominio de Kevin Matthews. Tras una larga conversación (en la que el preludio fue una disculpa por el exabrupto telefónico), tenía más claras las cosas. Aunque eso no siempre es bueno.
            Porque lo que ahora tenía claro era que se había quedado sin caso.
            Se dejó caer de espaldas contra una pared del pasillo y dejó escapar un suspiro de resignación, algo extremadamente raro en ella, mientras se deslizaba por la pared hasta quedarse sentada en el suelo. Monique Auxile, que se había ganado a pulso la reputación de incansable, inquebrantable y eficiente, estaba contra las cuerdas y a punto de perder el combate.
            El cadáver de David Peck, hasta el momento su mejor pista, había sido robado. Y como no había dado tiempo a hacer la autopsia, no tenía tampoco resultados de donde partir. Faltaba poco para la fiesta de Versailles y todavía no tenía ni siquiera el principio de la sombra de un plan. Y no había tiempo ni motivos suficientes para solicitar una orden judicial contra Versailles, cuyo historial estaba limpio de antecedentes (el oficial, ya que el que tenía la DAESU ocupaba cuatro volúmenes de más de mil páginas cada uno) ni era sospechoso de ningún delito a ojos de la Ley.
            Haciendo inventario de todos los contratiempos que estaba encontrando en este caso, Monique de repente se sintió cansada, muy cansada. Se sintió estúpida, por no darse cuenta de sus limitaciones e intentar perseguir a quien le llevaba ya más de 150 años de ventaja (más sabe el Diablo por viejo que por Diablo, decía el refrán). Ahora, por confiarse tanto, iba a perder una oportunidad de oro para hacer justicia, y además la posibilidad de contar con la ayuda de Tyler D en futuras investigaciones.
            Todo por ser tan orgullosa.
            Dejó caer dos silenciosas lágrimas de rabia por sus mejillas, negándose con toda su voluntad a emitir un solo sollozo. Quizá ya no tuviera caso, pero no iba a darle al Destino la satisfacción de oírla llorar. Ella no iba a caer tan bajo como eso.
            “A quién pretendes engañar”, pensó Monique. “No tienes caso, asúmelo ya”.
            -Por favor, inspectora, no me diga que va a rendirse ahora – dijo una voz delante de ella.
            Monique subió la mirada. A través de las lágrimas vio la silueta de un hombre vestido de traje, con un maletín en la mano, a menos de un paso de distancia de ella. Su cara quedaba a contraluz, por lo que no podía verla bien.
            -¿Le conozco? – preguntó Monique, intentando que su voz no sonara rota.
            -No, pero yo a usted sí – dijo el desconocido –. Y la inspectora Monique Auxile que yo conozco no tira la toalla con tanta facilidad.
            -Pues lamento decepcionarle, pero para todo hay una primera vez – dijo Monique, secándose las lágrimas con el dorso de la mano –. Y que sepa que tampoco ha sido “con tanta facilidad”.
            -Lo imagino, pero piense… ¿Qué diría el honorable Diego Ramírez si viera a su querida Mónica en este estado, vencida por un criminal?
            La mención de su padre golpeó a Monique como un bate de béisbol en el estómago. El juez Diego Ramírez y su esposa, la abogada Auxilio Herreros, eran famosos en su ciudad natal de Medellín, Colombia, por su incesante lucha legal en contra del narcotráfico, el asesinato y la trata de menores. Pero durante unas vacaciones familiares en Guadalajara, México, los dos fueron encontrados muertos, tiroteados repetidas veces, junto con su hijo pequeño Antonio, de ocho años, al que encontraron atado a una silla con una bolsa de plástico cubriéndole la cabeza. La hija mayor de la pareja nunca fue encontrada, viva ni muerta.
            Mónica Auxilio Ramírez Herreros, por entonces de doce años, había logrado despistar a los asesinos de su familia, quienes seguramente la habrían violado, torturado y asesinado de la peor de las maneras delante de los ojos de sus padres, y desapareció sin dejar rastro. Logró huir a los Estados Unidos, descalza, con lo puesto, sin dinero y sin hablar una sola palabra de inglés.
            Diecinueve años más tarde, esa niña que ahora redescubría la herida más profunda de su corazón estaba llorando sentada delante de un desconocido.
            -¿Cómo demonios sabe…? – preguntó Monique, confusa y enfadada.
            -Su padre era un hombre justo. ¿Qué mejor manera de honrar su memoria que hacer justicia?
            -Oiga, individuo… No sé quién coño es usted ni por qué se cree que tiene el derecho de sacar a relucir una herida tan profunda para mí…
            -¡Cierto! Se me ha olvidado presentarme… Wentworth Smith. Soy abogado en paro. Trabajo para el FBI por las noches.
            Le tendió una mano que Monique rechazó estrechar.
            -Estoy aquí para echarle una mano con su caso – dijo el misterioso abogado con infinita calma.
            Monique se quedó mirándole con furia contenida. Por mucho que fuera a ayudarle, ese hombre había sacado a relucir su pasado como si nada. El misterioso abogado abrió su maletín y le enseñó su contenido: una ballesta.
            -Esto fue encontrado por mi equipo cuando registramos la mansión Versailles hace unos días – dijo el hombre –. Es el arma que desapareció del domicilio del anticuario Saul Wallace la noche en que murió. Las flechas que encontramos coinciden con las que había en el cuerpo de David Peck.
            -¿Qué demo…? – murmuró Monique.
            -Llevamos años investigando a Versailles, inspectora – dijo el abogado –. Pero no podemos detenerle. Órdenes de arriba, ya sabe, siempre es mejor no preguntar.
            El abogado (¿era impresión de Monique o desprendía un leve aroma parecido a azufre?) sacó un papel doblado del bolsillo interior de su chaqueta, y se lo tendió a Monique, que lo cogió y lo abrió.
            -Es todo lo que he podido hacer – dijo el letrado –. Suerte.
            Monique se quedó boquiabierta.
            -Esto… es…
            Una orden judicial de busca y captura contra Louis-Armand de L’Êtat, alias “Versailles”.
            Tan absorta estaba todavía asimilando el repentino cambio de su suerte, que no se dio cuenta de que el abogado se había desvanecido en el aire sin dejar rastro. Y aunque lo hubiera visto, tampoco le hubiera importado demasiado.
            Porque ahora tenía un plan. Y una hora y media para llevarlo a cabo.

            Hudson y Starla llegaron a tiempo a la mansión.
            Aquella misma tarde, Carl Hudson decidió seguir su corazonada. Una luz se había encendido en su mente cuando recordó que el supuesto familiar de Abigail Harris iba vestido con ropas victorianas, y como excusa había dicho que “venía de una fiesta”. En cuanto salió de trabajar esa tarde, fue directo a la tienda de disfraces más cercana y alquiló dos trajes para ir a la fiesta, uno para él y otro para su hija. Aunque estuviera siguiendo una pista falsa, por lo menos se sentiría más cerca de saber qué le había pasado al doctor David Peck.
            Los invitados eran de lo más variopinto y estrambótico. Algunos de ellos, ya fuera por ignorancia, despiste o falta de algo mejor, iban vestidos con ropa gótica, o con disfraces pertenecientes a la subcultura retrofuturista “steampunk”, que aunque eran similares a la ropa victoriana, contrastaban mucho con aquellos que habían traído la ropa correcta.
            Sin embargo, todos tenían algo en común: un comportamiento exagerado, estrafalario y antinatural. Movimientos sobreactuados, maquillajes patéticos que bien parecían de arlequín, diálogos grandilocuentes de imposible vocabulario y acento forzado (ya fuera británico o francés, sonaba igualmente mal), risas tan falsas como aquella desgraciada congregación de ganado humano, peinados llamativos hasta el punto del ridículo…
            El doctor Hudson se sintió abrumado entre tanto personaje. Él y su hija pasaron por entre el barroco grupo de gente con tanta discreción como pudieron, y esperaron a que las puertas se abrieran mientras caía la noche.

            Wolff había ido solo en su Land Rover, mientras que Monique y Jackie iban en el coche de ella. La segunda de tres noches de luna llena había empezado ya, y no convenía meter a un vampiro y a un hombre-lobo en el mismo coche.
            -Inspectora, me he tomado la libertad de hacer una llamada relativa a ese tal Wentworth Smith mientras usted se preparaba – dijo Jackie.
            Monique, concentrada en conducir, no respondió.
            -Le he preguntado a un colega mío del FBI, un conocedor de signos que me debía un par de favores, y me ha dicho que ese tal Smith no existe. Era completamente falso.
            -Jackie, es el FBI, no te van a dar información como esa por las buenas – dijo Monique.
            -Como le digo, esta conversación fue extraoficial. Pero la cosa no acaba ahí. Sí que existe un tipo muy similar al que ha descrito, pero no tiene nada que ver con los federales.
            -Dispara.
            -De este tío no se sabe mucho. Se hace llamar Wordsmith. Es el abogado del Diablo.
            -¿El abogado del Diablo? – preguntó Monique, extrañada, antes de volver a centrar su atención en la carretera.
            -Se encarga de que todos los contratos que la gente firma con Lucifer se lleven a cabo de tal manera que sea Lucifer quien salga ganando con todas las de la Ley.
            -¿Y qué?
            -Pues que, como en estos tiempos no hay mucha gente que esté dispuesta a hacer negocios con Lucifer, ese tío tiene una barbaridad de tiempo libre, y según las fuentes de mi colega, aparte de la lealtad a Lucifer, el tal Wordsmith es un agente del caos.
            -¿Un qué? – preguntó Monique –. Jackie, habla en cristiano, por favor.
            -Agente del caos – explicó Jackie –. Gente que hace el mal por la diversión de ver las consecuencias después. Organizan las cosas de tal manera que con el mínimo esfuerzo se haga el mayor daño posible.
            -Entiendo… ¿Y eso tiene algo que ver con ayudarme en este golpe?
            -Bueno, técnicamente le está ayudando a detener a un Rey, ¿no?
            Monique vaciló.
            -Eso es una tontería, el Rey Vampiro no tiene ningún poder real; sólo es el vampiro más poderoso en ese momento – dijo Monique.
            -Sigue siendo cargarse a un número uno, inspectora – razonó Jackie.
            -Bueno, ¿qué más te ha dicho tu colega del FBI?
            -Mi colega insiste mucho en conocerla. Es usted una de las pocas personas que le han visto y vive para contarlo.
            Monique frunció el entrecejo, interrogante.
            -Además de todo eso, Wordsmith es un asesino a sangre fría; cualquier cosa que haya entre él y un objetivo suele acabar muerto.
            -Vaya…
            -Por último, también me ha dicho que tiene un talento para la manipulación emocional y la mentira que, cito textualmente, “dejaría en bragas a todos los congresistas, senadores, políticos y demás altos cargos juntos, incluyendo al presidente Bush”.
            -Joder, pues ya tiene que ser bueno…
            -¿A usted le dijo algo que pudiera… desarmarla o desconcertarla?
            Monique fingió pensárselo.
            -No – mintió –. No me dijo nada así.
            Jackie asintió y tomó el comunicador de radio.
            -Inspector Wolff, estamos llegando a la mansión. ¿Está ya en posición? Cambio.
            Oyeron un chisporroteo en la línea, y la voz del Wolff salvaje, la del hombre lobo, les llegó alta y clara al receptor.
            -Estoy en posición – dijo –. Así que asegúrate de no aparecer por mi posición ¡SI NO QUIERES QUE TE ARRANQUE LAS TRIPAS DE CUAJO!
            Y dicho esto cortó la línea. Jackie vaciló, con la mirada perdida, antes de poner el comunicador de nuevo en su base. Monique se dio cuenta de la expresión taciturna del chico y comprendió lo que significaba.
            -Oye… Sabes que no lo dice a propósito – dijo Monique, maternalmente –. Es el lobo el que habla, no él. Ahora mismo no es Winston Wolff, sino la bestia. No se lo tengas en cuenta, ¿de acuerdo?
            -Lo sé, inspectora – dijo Jackie –. Pero entienda que me sigue doliendo oír eso de boca de un amigo.

            Eran las nueve de la noche cuando las puertas se abrieron. Lucille, enfundada en un lujoso vestido victoriano, salió a recibir al grupo de invitados, recogiendo sus invitaciones y dándoles la bienvenida con protocolaria cortesía.
            -Disculpe, madame – dijo uno de los últimos en entrar –. Hay un individuo ahí fuera vestido con galas anacrónicas…
            -¿Sólo uno? Yo veo unos cuantos – comentó Lucille, con cáustica desgana.
            El personajillo fingió una risa tan desagradable como su orondo rostro.
            -Hilarante – dijo –. No, quiero decir que viste ropajes contemporáneos…
            -¿Con gabardina de cuero barato, vaqueros raídos, botas viejas y sombrero de ala ancha? – dijo Lucille, de corrido, interrumpiendo a su interlocutor.
            El tipo asintió.
            -No hay motivo de preocupación, “mesié” – dijo, con una pronunciación deliberadamente horrible de la palabra monsieur –. Es el encargado de la seguridad.
            -Oh, entiendo – dijo el personaje –. Au revoir, mademoiselle.
            Sin molestarse en responder, Lucille continuó con su tarea mientras el hombrecillo entraba en la mansión. Después de que la última persona pasara, Tyler D se acercó a ella.
            -Creo que tu marido en realidad organiza estas fiestas para sentirse normal entre tanto esperpento – dijo Tyler.
            -Eso tiene sentido, no te lo voy a negar – dijo Lucille –. Lo que me recuerda algo: ¿cómo se te ha ocurrido venir sin disfraz? Vas a dar la nota.
            -Oh, bueno, es que no tenía nada que ponerme y no quería perderme esta fiesta por nada del mundo porque me encanta meterme en la boca del lobo y jugarme la vida estúpidamente – dijo Tyler, con sarcasmo evidente.
            -Es tu trabajo de cada día, cariño – dijo Lucille, remarcando el “cariño”.
            -Vete al cuerno – dijo Tyler –. Una vez hecho esto se acabó toda tu relación conmigo. No vuelvas a aparecer por mi puerta o te mataré.
            -¿Eres igual de grosero con todas las tías con las que echas un polvo? Ah, no, espera, que la única que tuvo ese honor es tu hermana muerta – dijo Lucille, hiriente.
            Tyler se quedó mirándola con desprecio.
            -Si alguien pregunta, eres el de seguridad – dijo Lucille –. Pasa y déjame en paz para siempre. Y como se te ocurra tocarle un pelo a la niña te juro que te mato.
            -No pensaba acercarme a ella – dijo Tyler mientras se alejaba de ella, sin volverse.

            La fiesta había comenzado.
            Como era costumbre en sus fiestas, Versailles no iba a hacer acto de presencia hasta bien entrada la noche. Hasta esa hora, los invitados tenían libertad para hacer lo que quisieran en las salas disponibles.
            Abby vagaba entre los invitados. Algunos de ellos bailaban entre sí al son de una música parecida a un vals. Otros se hartaban de comer de las delicias que había sobre la mesa. Abby pasaba entre ellos como un fantasma, sin que nadie le prestara atención; todos estaban ocupados divirtiéndose. En la sala de juegos, algunos jugaban al ajedrez, al billar y demás. Abby pasó entre ellos con la misma discreción, sin ser vista, observando sus extraños comportamientos. Después se encaminó hacia el baño: vio cómo una condesa aspiraba cocaína frente al espejo, mientras que un duque y un marqués practicaban sexo anal sobre un retrete, de la forma más asquerosa que la pobre niña podía imaginar. Esa imagen fue suficiente para hacer que Abby saliera corriendo de allí.
            Lucille mantenía cortas charlas con los invitados que comían. Su sonrisa, forzada y falsa, resultaba creíble entre esos estrafalarios personajes. No pasaron desapercibidos para ella dos personas en particular que no parecían estar disfrutando de la fiesta…
            Carl Hudson era ligeramente más llamativo que el resto de invitados a la fiesta, irónicamente, por comportarse con más normalidad. Así como su hija, que parecía un alma en pena buscando desesperadamente aquello que le ata al mundo mortal, mirando por todas partes, pero eso, en comparación con el comportamiento general, no llamaba tanto la atención.
            Tyler caminaba lentamente, pegado a la pared de las salas, fingiendo ser guardia de seguridad. Su comportamiento era tan discreto que incluso con ropa contemporánea había ratos que parecía fundirse con la pared. De vez en cuando fingía dar un vistazo alrededor para asegurar el orden. Bajo la gabardina tenía las armas listas para matar al vampiro en cuanto tuviera la oportunidad. El único requisito que Lucille le había dado era que fuera discreto: nada de armas aparatosas, nada llamativo. Una pistola con balas de plata, un par de frascos de agua bendita y un cuchillo. El trabajo era coser y cantar. Coser al Rey Vampiro a tiros y puñaladas y cantar mientras te vas discretamente de la escena del crimen.
            En el exterior, el activo policial de la DAESU estaba colocándose en sus posiciones, listos para atacar cuando el Rey Vampiro hiciese su aparición, y como se demoraba bastante, Wolff y Monique estaban perdiendo la paciencia. La orden era de busca y captura, pero tenían licencia para abrir fuego si el sospechoso se resistía. En el caso de Wolff, no abriría fuego, sino que abriría la veda de la caza del chupasangre. A dentelladas.
            Y Versailles, el centro de toda la trama, estaba encerrado en sus aposentos, absorto en sus pensamientos, ajeno al resto del mundo, esperando para hacer su entrada triunfal a las doce en punto.
            El espectáculo debía continuar.
            Y la sangre iba a correr.

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            Monique had just stepped out of the autopsy room four, Kevin Matthews’ territory, at the morgue. After a long conversation (in which the prelude was an apology for losing it via telephone), she had things clearer. Though this isn’t always a good thing.
            Because what she had clear now is that she had lost her case.
            She rested her back against a wall in the corridor, and sighed in resignation (something really unusual in her) as she slid down the wall until she sat down on the floor. Monique Auxile, who had truly earned her reputation of being unbreakable, efficient and unstoppable, was up against the ropes and about to lose this combat.
            David Peck’s body, her best lead at that moment, had been stolen. And since the coroner had no time to perform the autopsy before that happened, she didn’t have any results to stand on, either. There was little time left before Versailles’ party and there wasn’t even the beginning of the shadow of a plan. And there wasn’t time enough, nor motives, to request a warrant against Versailles, whose criminal record was empty (the official one, that is, because the criminal record USPAD had on him occupied four volumes, 1000+ pages long each), and who wasn’t suspicious of any crime at the eyes of the Law.
            Seeing all the problems she had encountered in the investigation, Monique suddenly felt tired, very tired. She felt stupid, for not being able to notice her limitations and trying to pursue somebody who had 150 more years of experience than her (you can’t replace experience, they say). Now, she was going to lose a golden opportunity of bringing justice, and also the possibility of counting on Tyler D in future investigations, just because she was overconfident.
            All because of her pride.
            She let two silent tears fall down her face, forbidding herself from sobbing and whimpering. She might not have a case anymore, but she wasn’t going to give Destiny the satisfaction of hearing her cry. She wasn’t going to stoop so low.
            “Who are you trying to fool?” Monique thought. “You don’t have a case anymore, deal with it”
            “Please, detective, don’t tell me you’re going to give up now”, a voice said in front of her.
            Monique looked upwards. Through the tears in her eyes, she saw the silhouette of a man in a suit, with a briefcase in his hand, just a step away from her. He had a light behind him, so his face was shadowy and she couldn’t see him well.
            “Do I know you?” Monique asked, trying her best not to sound tearful.
            “No, but I do know you”, the stranger said. “And the Monique Auxile I know doesn’t give up that easily”
            “Well, sorry to disappoint you, but there’s a first time for everything”, Monique said, drying her tears with the back of her hand. “And I’ll tell ya, it hasn’t been easy at all”
            “I imagine that, but think… What would honorable Diego Ramírez say if he saw his dear Mónica like this, because of a criminal?”
            Her father’s name hit Monique like a baseball bat. Judge Diego Ramírez and his wife, lawyer Auxilio Herreros, were famous in their hometown, Medellín (Colombia), because of their legal fight against drug trafficking, murder and child prostitution. But during a family vacation in Guadalajara, Mexico, the two of them were found dead, shot repeatedly, and their young son Antonio, 8 years old at the time, was found tied to a chair, with a plastic bag covering his head. The eldest child of the couple, a girl, was never found, neither alive nor dead.
            Mónica Auxilio Ramírez Herreros, 12 years old at the time, had managed to escape the people who murdered their family, who would have probably raped, tortured and killed her in the worst way possible, and her parents would have been forced to watch. She disappeared leaving no trace. She managed to escape to the States, barefoot, no more clothes than the ones she had on, broke and speaking not a single word of English.
            Nineteen years later, that girl who was now revisiting the deepest wound in her past, was sitting in front of a total stranger, crying.
            “How the fuck do you know…?” Monique asked, confused and enraged.
            “Your father was a fair man. Isn’t bringing justice the best way to honor his memory?”
            “Listen … I dunno who the fuck you think you are, or why ya think ya have the right to bring out something so painful for me…”
            “Right! I forgot to introduce myself… Wentworth Smith. I’m an unemployed lawyer, I work for the FBI at night”
            He gave Monique a hand that she refused to shake.
            “I’m here to help you out with your case”, the mysterious lawyer said, infinitely calm.
            Monique stared at him with repressed rage. No matter that he wanted to help her, that man brought out her past just like that. The mysterious man opened his briefcase and showed him the content: a crossbow.
            “This was found by my team when we searched Versailles’ mansion for evidence, a few days ago”, the man said. “This is the weapon that disappeared from the late antiquarian Saul Wallace’s house the night he was killed. The bolts we found match the ones in David Peck’s body”
            “What the…?” Monique mumbled.
            “We’ve been investigating Versailles for years, detective”, the lawyer said. “But we can’t arrest him. Orders from the big ones, y’know, always better not to ask questions”
            The lawyer (was it just Monique’s perception, or he actually smelled a little bit of sulfur?) brought a folded paper out of the inner pocket of his jacket, and handed it to Monique. She took it and unfolded it.
            “It’s all I can do so far”, the lawyer said. “Good luck”
            Monique’s jaw dropped.
            “This… is…”
            A warrant against Louis-Armand de L’Êtat, AKA Versailles, to arrest him.
            She was so distracted by her sudden lucky strike, she didn’t even notice that the lawyer had vanished, leaving no trace of having even been there. But even if she had seen that, it wouldn’t have mattered to her.
            Because now she had a plan. And 90 minutes to execute it.

            Hudson and Starla arrived on time to the mansion.
            That very afternoon, Carl Hudson decided to follow his heart. A light shined in his mind when he remembered that the so-called relative of Abigail Harris was wearing Victorian clothes, and he had excused himself saying he “came from a party”. So when he got out of work that afternoon, he went straight to the nearest costume shop and rented two costumes for the party, one for him and the other for his daughter. Even if he were following a false lead, at least he would be closer to know what happened to Doctor Peck.
            The guests were as flamboyant as they were varied. Some of them, either by ignorance, absentmindedness or lack of anything better, were dressed with gothic clothes, or costumes from the retro-futuristic subculture called “steampunk”, that, even though they vaguely resembled the Victorian fashion, contrasted heavily with the people who brought the right clothes.
            Nevertheless, everybody had one thing in common: an exaggerated, flamboyant, unnatural behavior. Overacted movements, pathetic harlequin-like makeup, grandiloquent dialogue of impossible vocabulary and forced accent (either British or French, it still sounded horrible), laughs as phony as that concentration of human livestock, hairstyles so flamboyant that were even ridiculous…
             Doctor Hudson felt overwhelmed by those people. He and his daughter passed through the baroque group of people, trying to be as discrete as possible, and they waited for the gates to open as the night was falling.

            Wolff had gone on his own, in his Land Rover, while Monique and Jackie were in her car. The second of three nights of full moon had started, and it wasn’t a good idea to keep a werewolf and a vampire in the same car.
            “Detective, I’ve made a call related to that Wentworth Smith of yours while you were getting ready”, Jackie said.
            Monique, who was focused on driving, didn’t say anything.
            “I asked a friend of mine at the FBI, a sign knower who owed me a couple of favors, and he told me there’s no such Wentworth Smith. It’s completely false”
            “Jackie, it’s the FBI, they ain’t gonna give away info just like that”, Monique said.
            “This conversation was unofficial. That’s not the point. There is, however, a guy very similar to the one you described. He has nothing to do with the feds, however”
            “Go on”
            “There’s not a lot of info about this guy. He calls himself Wordsmith. He’s the Devil’s Advocate”
            “The Devil’s Advocate?” Monique asked, surprised, before turning her attention back to the road.
            “He supervises every deal that anybody signs with Lucifer, so that Lucifer is the one who wins every time in a legal way”
            “So?”
            “So, since there’s not many people willing to make deals with the Devil, this guy has an awful lot of free time, and according to my friend’s resources, besides working for Lucifer, this Wordsmith guy is an agent of chaos”
            “A what?” Monique asked. “Jackie, English, please”
            “An agent of chaos”, Jackie explained. “People who do evil things just for the fun of seeing the consequences afterwards. They organize things to cause a maximum possible damage with the minimum effort”
            “I see… But how does that relate with helpin’ me in this case?”
            “Well, technically he’s helping you to kill a King, right?”
            Monique hesitated.
            “That’s absurd, the Vampire King doesn’t have any actual power, it’s just the most powerful vampire at the time”, Monique said.
            “It’s still defeating a number one, detective”, Jackie reasoned.
            “OK, what else did that FBI friend of yours say?”
            “My friend heavily insists in meeting you. You’re one of just a few people who had seen this guy and lives afterwards”
            Monique frowned, pensive.
            “Besides all of the above, Wordsmith is a cold-blooded killer. Anything between him and a target usually ends up dead”
            “Wow…”
            “At last, I’ve been told that this guy has a talent for emotional manipulation and lie that, quote, would make all the congressmen, senators, politicians and big fishes piss their pants, President Bush included. End of quote”
            “He has to be fucking awesome, then…”
            “Did he tell you something that could… break or distract you?”
            Monique pretended to think for a while.
            “No”, she lied. “Nothin’ like that”
            Jackie nodded and took the radio mike.
            “Detective Wolff, we’re arriving the mansion. Are you in position? Over”
            They heard a buzz in the line, and then the voice of a savage Wolff, the werewolf, was heard awfully clear through the radio.
            “Yeah, I’m in my position”, he said. “Make sure ya don’t show up around my position IF YOU DON’T WANT ME TO PULL YOUR FUCKIN’ GUTS OUT!!”
            After saying that, he switched off the comm.  Jackie hesitated, his eyes empty, before putting the mike back on its place. Monique noticed the taciturn expression the boy had, and she understood what it meant.
            “Hey… You know he doesn’t really mean it”, Monique said, maternal. “It’s the wolf speaking, not him. He ain’t Winston Wolff now, he’s the beast. Don’t hold it against him, OK?”
            “I know, detective”, Jackie said. “But you have to understand that it hurts to hear that kind of things from a friend”

            It was nine o' clock in the evening when the doors opened. Lucille, dressed in a luxurious Victorian dress, went out to meet the group of guests, picking up their invites and greeting them with protocol politeness.
            “I beg your pardon, madame”, one of the last ones to get in said to her. “There is one fellow out there, suited in anachronic garments...”
            “Just one? I see quite a few”, Lucille said, with a caustic monotone.
            The man faked a laugh as unpleasant as his fat face.
            “Hilarious”, he said. “No, I meant someone who dresses in contemporary clothes...”
            “Cheap leather duster, dirty jeans, old boots and a wide-edged hat?” Lucille said, quickly, interrupting him.
            The guy nodded yes.
            “There’s no need to panic, may-see-ay”, she said, awfully pronouncing the French word monsieur on purpose. “He’s the security guard”
            “Oh, I see”, the strange man said. “Au revoir, mademoiselle
            Lucille continued with her task, not even bothering to answer back, whille the strange man entered the mansion. After the last guest had gotten in, Tyler D got closer to her.
            “I think your husband throws these parties in order to feel normal between all those weirdos”, Tyler said.
            “Well, that makes perfect sense, I’ll give you that”, Lucille said. “Which reminds me of something: Why the hell did you come here without a costume? You’re gonna stand out”
            “Oh, well, it’s just that I had nothing good to wear and I didn’t want to miss this party at all because I love to risk my own life stupidly”, Tyler said, obviously sarcastic.
            “That’s your everyday job, sweetheart”, Lucille said, stressing the ‘sweetheart’.
            “Fuck you”, Tyler said. “Once this is over, your relation to me ends as well. Don’t show up at my door anymore or I’ll kill you”
            “Are you this rude with every girl you have sex with? Oh, wait, I forgot the only one who had that honor is your dead sister”, Lucille said, hurtful.
            Tyler just shot her a hating stare.
            “If someone asks, you’re the security guy”, Lucille said. “Come in and leave me alone forever. Also, don’t even get near the child, or I swear I’ll kill you”
            “I didn’t plan to”, Tyler said, walking away from her, not even turning his head back.

            The party had started.
            As usual in his parties, Versailles wasn’t going to show up until late at night. Until that, the guests were free to do whatever they wanted in the available rooms.
            Abby roamed between the guests. Some of them danced to a waltz-like music. Others hungrily ate the delicious food from the large tables. Abby walked between them like a ghost, nobody noticing her; everybody was too busy having fun. In the games room , some played chess, pool and other games. Abby walked past them just as discretely as before, without being seen, observing their odd behavior. After that, she headed to the restrooms: she saw a countess sniffing cocaine in front of a mirror, and also a duke and a marquis having anal sex on a toilet, in the most disgusting way the poor child could imagine. That picture was enough to make Abby run away.
            Lucille had short chatter with the guests that ate. Her smile, fake and forced, was even believable in front of those weird characters. She noticed two people who didn’t seem to enjoy the party...
            Carl Hudson was slightly more attention-calling, ironically, because he acted more normally. The same as his daughter, who looked like a lost soul searching for that that ties her to the world, looking in every direction; but that, compared to the general mood, wasn’t that flamboyant.
            Tyler walked around slowly, always close to the wall, pretending to be a security guard. His behavior was so discrete that, even in his contemporary clothes, he seemed to merge with the wall sometimes. From time to time he pretended to look around to make sure everything was all right. Under his coat he had his weapons ready to kill the vampire as soon as he had him on sight. The only thing that Lucille asked him for was to be discrete: no large weapons or anything that could catch anybody’s eye. A gun loaded with silver bullets, a couple of holy water bottles and a knife. The job was easy as pie. Stabbing and/or shooting the Vampire King to death and then walk away discretely.
            Outside, the USPAD operative was on position, ready to strike when the Vampire King made his entrance; since he was taking too much, Monique and Wolff were running out of patience. The warrant said “capture”, but they had permission to open fire if the suspect resisted. In Wolff’s case, he wouldn’t open fire: he would open season on the bloodsucker. With his claws and teeth.
            And Versailles, the centre of the whole plot, was locked in his quarters, lost in his thoughts, away from the rest of the world, waiting for midnight to come to make his entrance.
            The show had to go on.
            And there was going to be blood.

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