sábado, 1 de diciembre de 2012

V.S.: "Niños de la tumba" // "Children of the grave" (15)

Lamento la tardanza en subir material nuevo. La universidad consume mucho más tiempo del que en un primer momento pensé que consumiría (además, uno tiene más cosas que hacer aparte de traducir, por mucho que no me guste hacer esperar a mis queridos fans).
En fin... El tercer acto de "Niños de la tumba" ha empezado ya, y está constándome bastante trabajo hilar una historia suficientemente interesante de forma que no queden cabos sueltos al final. Espero tener terminada la historia antes de enero de 2013, pero no os prometo nada (uno no puede forzar a la musa a trabajar si ésta no quiere).
Por ahora, os traigo un nuevo capítulo. Espero que lo disfrutéis :)

I apologize for my delay in submitting new stuff. University is more time-consuming than I first thought it would be (besides, I have more things to do besides translating, as much as I hate to keep my beloved fans waiting!).
So... The third act of "Children of the grave" has started already, and it's really hard for me to write the story in a way in which I keep you thrilled without having loose ends at the end. I hope I have the story finished before January 2013, but I promise you nothing! (I can't force the muse to work if she doesn't want to)
For now, I bring you a new chapter. I hope you like it :)

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            Tyler D se encontraba saliendo de su habitación para ir de caza, cuando los inspectores se presentaron allí para arrestarle y llevarle a comisaría. Monique entró en la sala de interrogatorios y se sentó frente a Tyler, con Wolff en el cuarto anexo, tras el falso espejo, grabando la conversación en audio.
            -Tyler, honestamente no le entiendo – dijo Monique –. ¿Por qué matar a un médico inocente?
            -Y yo lo que no entiendo es por qué en las salas de interrogatorio siguen poniendo esos espejos falsos; es obvio que no se trata de un simple espejo y que detrás de la pantalla se encuentra un policía a quien no podemos ver pero él a nosotros sí – dijo Tyler.
            -Esa pregunta es absurda.
            -La suya también, estamos empatados.
            Monique le puso delante la foto del cadáver de David Peck.
            -Estas flechas son de ballesta – dijo Monique –. Es un arma muy poco común, Tyler, y da la casualidad de que usted es propietario de una ballesta, hecha a mano por usted mismo, además, por tanto sin licencia.
            -No saque conclusiones precipitadas, inspectora; que mi arma la haya construido yo mismo no significa que no tenga licencia – dijo Tyler tranquilamente, tomando la foto para examinarla –. Y estas flechas no son mías.
            Ahora Monique estaba confusa. Justo cuando todo parecía encajar… Volvió a examinar la foto con más detenimiento.
            -Si echan un vistazo a mi munición habitual, verá que mis flechas son de madera de cedro, sin pintura y con punta de plata, hechas a mano por mí mismo. Esas son de carbono, pintadas de negro, y apostaría a que la punta es de acero; son flechas de caza homologadas.
            Monique examinó la foto con cuidado. Tyler tenía razón, eran flechas de profesional.
            -Maldita sea…
            -Mala suerte, inspectora – dijo Tyler –. Oiga, mire, hace una semana, al difunto anticuario Saul Wallace se le robó una ballesta que se encontraba en perfectas condiciones. Así que tenga en cuenta que no soy el único de esta ciudad que posee un arma parecida.
            -Entiendo… ¿Y puede explicarme usted cómo sabe qué faltaba en la casa del difunto anticuario Saul Wallace?
            Tyler se dio cuenta de su error al sacar el tema de Wallace. Y aún más cuando no encontró ninguna explicación que resultara verosímil al quitarle los detalles sobrenaturales, como había estado haciendo cuidadosamente durante toda la conversación.
            -No – dijo, señalando silenciosamente el micrófono sobre la mesa.
            Ese era el problema principal, que Monique entendió inmediatamente: ninguno de los dos podía hacer referencia a detalles sobrenaturales en el interrogatorio. La conversación estaba siendo grabada y era parte de los archivos de una investigación oficial. Sólo la DAESU, una división tan secreta que ni siquiera la Policía tenía noticia de ella, podía aceptar explicaciones paranormales. Y ese interrogatorio no era para la DAESU, sino para el Departamento de Homicidios. Sin quererlo, Tyler se había puesto en un aprieto, tanto a sí mismo como a Monique Auxile.
            -Inténtelo – dijo Monique, disimulando ante el micrófono, mientras le hacía un gesto a Wolff para que dejara de grabar.
            Monique esperó a que Wolff diera un par de golpecitos en el cristal del falso espejo, la señal de que ya no estaban siendo grabados.
            -Esto me va a costar un lío importante como se enteren los jefazos, así que si alguien pregunta, usted no ha visto nada – dijo Monique –. De acuerdo, ahora explíquese.
            -Muy bien – dijo Tyler –. La noche que usted me llevó al puente, yo iba a la casa de ese hombre para intentar hacerme con los planos de la mansión Versailles, ya que Saul Wallace se encontraba en posesión de dicho artículo. Como nadie me abrió la puerta, decidí entrar por una ventana.
            Tyler hizo una pausa al ver que Monique anotaba la palabra “Allanamiento” en su bloc de notas, y prosiguió.
            -Registré cuidadosamente la casa y encontré a ese hombre muerto.
            -¿Cómo lo encontró exactamente?
            -En el sótano, sujeto firmemente a un garrote vil.
            -¿A un garrote?
            -Sí, es un artefacto mortal usado como método de ejecución por la Inquisición Española…
            -Sé lo que es, era un comentario de sorpresa.
            -Bueno… La cuestión es que en mi registro previo a encontrar el cadáver de ese hombre, entré en una habitación llena de armas, y en la pared había un hueco reservado a una ballesta. Y esa ballesta no estaba.
            Monique anotó en su bloc de notas las palabras “Saul Wallace”, “ballesta” y “robo”.
            -De acuerdo, le echaré un vistazo al expediente del caso – dijo Monique –. Le agradezco su ayuda y su tiempo, Tyler.
            -Encantado de ayudar, inspectora – dijo Tyler, cortésmente.
            Monique salió de la sala de interrogatorios y fue a la habitación adjunta detrás del falso espejo, junto a Wolff.
            -Si alguien pregunta, lo de la grabación fue un fallo técnico – dijo Wolff.
            -Por supuesto – dijo Monique.
            Ambos se sobresaltaron al oír la voz de Tyler a través del micrófono, y todavía más cuando vieron que su gélida mirada estaba fija en Monique, teniendo en cuenta que no podía verla a través del espejo.
            -Me gustaría saber cómo intentarán probar que entré sin permiso en casa de Saul Wallace sin tener pruebas de audio de este interrogatorio – dijo.
            Monique y Wolff se miraron, dándose cuenta de que Tyler les había engañado. No había dado ninguna explicación sobrenatural, sólo había hecho que apagaran los micros antes de confesar que cometió un crimen.
            -Hijo de puta – dijeron casi al unísono.

            A la mañana siguiente, Starla Hudson entró en el apartamento de David Peck con la esperanza de encontrarle ahí. Por desgracia para ella, no hubo suerte.
            Su padre le había dicho que, si en todo el día no había noticias de él, informarían a la policía a primera hora del día siguiente. De modo que Starla trató de mantener la calma mientras esperaba cualquier novedad.
            Novedad que no llegó nunca.
            En las horas siguientes, a cada llamada telefónica le daba un vuelco el corazón, pero la esperanza de recibir novedades se marchitaba al oír publicidad al otro extremo de la línea, y en su lugar volvía a crecer el nerviosismo.
            Probó a ver la televisión, leer revistas, picar entre horas, jugar al Tetris con su móvil, masturbarse, darse una ducha… Nada conseguía distraer su mente de la creciente preocupación que sentía.
            Y cuando la preocupación creció lo suficiente como para convertirse en angustia, Starla Hudson se derrumbó, desnuda bajo el agua de la ducha, y lloró de pura impotencia ante la idea de que su amante había desaparecido.
            Y entre sus sollozos y llantos, el ruido de la ducha y el apabullante silencio de la solitaria tristeza, no oyó la llamada de la policía.

            Esa noche, Carl Hudson encontró el buzón de su casa lleno, lo que le indicó que ni Starla ni Gloria, su mujer, estaban en casa. De modo que él mismo recogió la correspondencia y entró en su hogar, dulce hogar.
            Tras tirar la publicidad a la papelera (“Debería comprarme de esas cestitas para la publicidad”, pensó), abrió su propio correo: propaganda electoral, cartas del banco, congresos de medicina… Pero de todo el paquete de cartas que había recibido, una en especial le llamó la atención. No tenía sello ni remitente, sólo un destinatario.
            Starla V. Hudson, 74 Leone st.
            Fiel a la intimidad de su hija, decidió no abrir la carta, aunque eso no redujo su curiosidad. El hecho de que no tuviera remite ni matasellos era sospechoso, y la caligrafía barroca en que estaba escrito el nombre de su hija era cuanto menos peculiar. Y es que, por deformación profesional, Carl Hudson era un hombre al que el más mínimo detalle fuera de lugar le llamaba la atención.
            El doctor dejó el extraño sobre encima de la mesa, quitándole importancia al asunto. Estaba cansado y no quería seguir dándole vueltas a más cosas. Los últimos días habían sido muy extraños y Hudson quería que todo volviera a la normalidad lo antes posible.
            Minutos después llegó Starla. Estaba más calmada que antes, pero aún estaba nerviosa y angustiada. Aún así, trató de aparentar calma delante de su padre.
            -Hola, papá – dijo Starla.
            -Hola cielo – respondió Hudson, saliendo a su encuentro y dándole un beso en la mejilla –. ¿Qué tal el día?
            -Bien – mintió Starla –. El doctor no ha aparecido por casa todavía, ¿ha ido a trabajar hoy?
            Hudson negó con la cabeza.
            -Mañana iremos a la policía para denunciar su desaparición, pero seguramente no le habrá pasado nada – dijo Hudson, intentando tranquilizarla –. Por cierto, tienes una carta. La he dejado sobre la mesa.
            -¿Una carta? – preguntó Starla, algo sorprendida –. ¿De quién?
            -No lo sé, ¿por qué no miras a ver qué es?
            Starla no solía recibir correspondencia, ya que disponía de una dirección de correo electrónico. Su padre, algo más chapado a la antigua, seguía prefiriendo el correo tradicional, y se consideraba un perro viejo incapaz de aprender a usar un ordenador.
            Starla se dirigió hacia la mesa del salón, cogió el sobre y lo abrió. No pudo evitar que una mueca de extrañeza se asomara a su rostro al leer su contenido.
            -¿Qué ocurre? – preguntó su padre.
            -Es una invitación a una fiesta, mañana por la noche – dijo Starla.
            -Oh, pues… Puedes ir, cielo – dijo Hudson –. Así igual te animas un poco.
            -Es una fiesta de disfraces – dijo Starla –. De temática victoriana.
            Hudson se quedó sin palabras. De pronto algunos de los cabos sueltos de los últimos días comenzaban a entrelazarse.

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            Tyler was going out of his room to go hunting when the detectives arrived to arrest him, and they took him to the precinct. Monique went into the interrogation room and sat facing Tyler, while Wolff was sitting behind the false mirror, recording the conversation.
            “Tyler, I don’t understand you, frankly”, Monique said. “Why kill an innocent doctor?”
            “What I don’t understand is why they still install those fake mirrors on the walls of the interrogation rooms”, Tyler said. “I mean, it’s pretty obvious that it’s not just a mirror, and behind that screen hides a cop that is able to see without being seen”
            “That’s an absurd question”
            “Yours is, too, so now we’re even”
            Monique showed him the picture of David Peck’s lifeless body.
            “These are crossbow bolts in his body”, Monique said. “Crossbows happen to be very uncommon weapons, and what are the odds, you happen to own a crossbow. In fact, one hand-made by yourself, so that means you probably won’t have a license”
            “Whoa, not so fast, detective. The fact that I have crafted my weapon myself doesn’t mean I don’t have a license for it”, Tyler calmly said, picking up the picture to look at it closely. “Also, these bolts aren’t mine”
            Now Monique was the one confused. Just when everything seemed to fit… She looked at the photo again, more carefully this time.
            “If you look closely enough at my usual ammunition, you’ll see that my arrows are made out of cedar wood, remain unpainted and are topped with a silver head. These ones are made out of carbon, painted black and I’d bet the head’s made of steel. These are homologated hunting bolts”
            Monique looked carefully at the picture. Tyler was right, those were professional bolts.
            “Dammit…”
            “Bad luck, detective”, Tyler said. “Look, the late antiquarian Saul Wallace was stolen a still functioning crossbow a week ago, so keep in mind I’m not the only one in this town carrying that kind of weapon”
            “I see… And, could you explain how come you know what was missing at the late antiquarian Saul Wallace’s house?”
            Tyler realized his mistake in bringing out the subject of Saul Wallace. And this mistake proved to be bigger than it seemed when he failed to find to find a verisimilar explanation without paranormal details, like he had been doing during the whole conversation.
            “No”, he said, silently pointing at the microphone.
            That was the main problem, which Monique perfectly understood: none of them could discuss supernatural details in that conversation. The interrogation was being recorded and it was part of the ongoing investigation files. Only USPAD, a division so secret that the police department didn’t even know about it, could accept paranormal explanations. But that interrogation was not for USPAD, but for the Homicide division. Without meaning to, Tyler had put both Monique and himself in a tricky situation.
            “Well, try”, Monique said, acting normal in front of the mike, while silently making Wolff a sign to make him stop recording.
            Monique waited until she heard Wolff knocking twice on the fake mirror – the sign that they were no longer being recorded.
            “Alright, this is gonna get me in big fuckin’ trouble with my bosses, so just in case anybody asks you, you ain’t seen nothin’”, Monique said. “Now start talking”
            “OK”, Tyler said. “That night you took me to the bridge, I was going to that man’s house to get the blueprints of Versailles’ mansion – since Saul Wallace was in possession of that item. Given that nobody opened the door for me, I decided to get in through a window”
            Tyler paused as he saw Monique writing down on her notepad the code ‘B&E’, the abbreviation for ‘breaking and entering’. Then he continued.
            “I searched the house and found the man dead”
            “How did you find him, exactly?”
            “In the basement, tied to a garrote”
            “A garrote?”
            “Yes, it’s a lethal device used as an execution method by the Spanish Inquisition…”
            “I know what a garrote is, it was just an exclamation”
            “Well, the thing is, in the search I made before finding the body, I also found a room full of weapons, and there was a space on the wall for a crossbow. Only that the crossbow was missing”
            Monique wrote down on her notepad the words “Saul Wallace”, “x-bow” and “theft”.
            “OK, I’ll take a look at the case files”, Monique said. “Thanks for your time, Tyler”
            “Glad I helped, detective”, Tyler politely said.
            Monique got out of the interrogation room and went to the observation room behind the one-way mirror, where Wolff was sitting.
            “Anybody asks, the recorder had some kind of problem”, Wolff said.
            “Of course”, Monique said.
            Both of them jumped in surprise when they heard Tyler’s voice through the mike, and even more when they noticed that his ice-cold glare was pointing straight at Monique, given that there was no way that he could see her through the mirror.
            “I’d like to know, how are you planning to prove that I broke into Saul Wallace’s home, if you have no audio evidence of this conversation?”, he said.
            Monique and Wolff looked at each other, suddenly realizing that Tyler had tricked them. He hadn’t given any supernatural explanation. He only had them switch the microphones off before admitting that he broke a law.
            “Son of a bitch!” they said, almost at the same time.

            The morning after, Starla Hudson entered David Peck’s apartment, hoping to find him there. Unluckily for her, he wasn’t home.
            Her father had told her that, were there no news about him for that whole day, they would inform the Police first thing in the following morning. So Starla tried to keep calm and wait for any news.
            News that never arrived.
            In the following hours, every time the phone rang, her heart skipped a beat, but her newfound hope died when she heard propaganda at the end of the line, and uneasiness grew in its place.
            She tried watching TV, reading magazines, eating a snack, playing Tetris on her cell phone, masturbating, taking a shower… Nothing distracted her from the ever growing worry that she was feeling.
            And when her worry grew enough to evolve into angst, Starla Hudson broke down, naked under the shower, and cried of pure impotence because of the thought that her lover had disappeared.
            With all her crying and whimpering, the sound of the shower and the overwhelming silence of the lonely sadness, she failed to hear the call of the police.

            That night, Carl Hudson found the mailbox of his house full of letters, which indicated him that neither Starla nor his wife Gloria were at home. He picked up the mail himself and got into his home, sweet home.
            After throwing the propaganda in the trash bin (I should get one of those little advert baskets for my door, he thought) he opened his own mail: electoral propaganda, bank letters, invites for medicine symposiums… But in all the pack of letters that he had, one of them all got his attention. It didn’t have a stamp or a return address, only a destination.
            Starla V. Hudson, 74 Leone St.
            Respecting his daughter’s privacy, he chose not to open the letter, although that didn’t make him less curious. The fact that it didn’t have a return address or a stamp was suspicious, and the baroque-esque typography in which his daughter’s name was written was, at least, strange. Because of his job, Carl Hudson was the kind of man who instantly notices any tiny detail out of place.
            The doctor left the strange envelope on the table, trying not to think of the subject. He felt tired and he didn’t want to keep thinking of more stuff. The previous few days had been really strange, and Hudson just wanted everything to go back to normal as soon as possible.
            Minutes later, Starla arrived home. She was calmer than before, yet she was still nervous and worried to death. However, she tried to look calm in front of her father.
            “Hey, dad”, Starla said.
            “Hey, sweetie”, Hudson replied, walking towards her and kissing her cheek. “How was your day?”
            “Fine”, she lied. “Doctor Peck hasn’t appeared yet. Did he show up for work today?”
            Hudson shook his head no.
            “We’ll go to the police tomorrow and tell them he’s missing. But most likely he’s OK”, Hudson said, trying to calm her down. “Oh, by the way, you got mail. I left it on the table”
            “Mail?” Starla asked, a little surprised. “From who?”
            “I dunno; why don’t you look what it is?”
            Starla didn’t usually get mail, since she had an e-mail address. Her father was a little more old-fashioned; he still preferred traditional mail, and he considered himself to be an old dawg unable to learn how to use a computer.
            Starla walked toward the table in the living room, picked up the envelope and opened it. She couldn’t help a strange expression on her face when she read the contents.
            “Anything wrong?” her father asked.
            “It’s an invitation to a party tomorrow night”, Starla said.
            “Oh well… You can go, honey”, Hudson said. “That way you might even cheer up a little”
            “It’s a costume party, dad”, Starla said. “A Victorian-themed costume party”
            Hudson was suddenly speechless. Some of the loose ends from the previous days just started tying up.

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